mar

24

jun

2014

Mi experiencia en los certámenes literarios

 

 

Para una persona que, desde que tiene uso de razón, desea ser escritor, los concursos literarios son acontecimientos singulares que resultan inevitables. En primer lugar, porque permiten poner a prueba su talento y sus expectativas; en segundo lugar, porque, frente a la siempre desmotivadora rutina de la vida cotidiana, suponen un acicate que estimula la creatividad. Ciertamente, son inevitables, incluso para aquellos cuyo temor al fracaso suele paralizarlos. Y eso que, en los concursos literarios, el fracaso está garantizado.

 

Mi primera experiencia en un concurso literario fue en la educación primaria. Recuerdo que no me parecía muy serio que al ganador lo escogiesen los alumnos de mi clase mediante votación; «¿qué sabrá la mayoría de literatura?», pensaba yo. Mis compañeros no querían ser escritores, pero la mayoría deseaba ganar el concurso. Yo decidí participar en el último momento. Construí un relato muy ingenioso, la verdad, que sorprendió sobremanera a mi profesor y a algunos de mis compañeros. Pero uno de mis rivales se sacó de la manga un relato inspirado en la película Viernes 13 en el que participaban, para morir de diversas maneras, algunos de los alumnos de mi clase. Inevitablemente, perdí el concurso de forma clamorosa: solo obtuve cuatro votos que me alzaron al segundo lugar. La literatura popular había desbancado a mi relato elitista. Sin embargo, aquel relato me confirió prestigio. No sé cómo se construyó aquel prestigio. En cualquier caso, no me rendí y gané los siguientes concursos. Y, sin duda, en las sucesivas victorias incidió más el prestigio que mi literatura.

 

La etapa del instituto fue complicada para mí. Básicamente, yo me dedicaba por entonces a jugar a fútbol en las maravillosas instalaciones de aquel centro privado que escogieron mis padres. El resto de actividades no me estimulaban. De modo que no participé en ningún concurso literario, y no recuerdo si se celebraban o no (aunque supongo que sí).

 

Mi regreso a los certámenes literarios se produjo poco después de abandonar el instituto. Fue una etapa muy intensa intelectualmente: aprendí en seis meses, por mi cuenta, todo lo que no había aprendido en el instituto y lo que jamás nadie ha aprendido en un centro escolar. Como yo pretendía convertirme en un escritor profesional de forma inminente, antes incluso de terminar mis estudios universitarios, decidí poner a prueba un puñado de relatos que había escrito en algunos de los muchos certámenes literarios que se convocaban en España. Dado que era un muchacho muy ambicioso y estaba convencido de que la calidad de mis relatos era muy elevada, opté por aquellos concursos de mayor pedigrí y dotación económica, la mayoría internacionales. Los certámenes menores no me interesaban. Participé, aproximadamente, en una quincena; y, en cinco o seis, mis relatos fueron seleccionados entre los finalistas (me enviaron las actas del Jurado, acompañadas de una breve felicitación). Las estadísticas que, en ocasiones, acompañaban a las actas me sobrecogieron: en aquellos concursos habían participado entre 1000 y 2000 personas de una gran cantidad de países; y, entre los finalistas, había escritores profesionales. Que tu relato figure entre los cinco, diez, quince o veinte finalistas en esas circunstancias produce un vértigo tremendo y, por supuesto, una gran satisfacción; equiparable, no obstante, a la frustración que supone no ganar el concurso (he aquí la paradoja). Porque, de hecho, no gané ninguno de aquellos certámenes de relatos breves a los que me presenté. Ganar, de todos modos, no me habría permitido convertirme en un escritor profesional de forma inminente, como yo deseaba, ya que no había tras ellos editoriales importantes que respaldaran a los ganadores, sino instituciones culturales; aquellos certámenes conferían prestigio y proporcionaban suculentas sumas de dinero, pero no un contrato de edición. Por esta razón –y, en buena medida, por el desencanto que me produjo la acumulación de derrotas–, dejé de participar en certámenes de relatos breves y, ya suficientemente curtido, me adentré en el laberinto de la novela (mientras tenía que soportar tediosas jornadas en la universidad).

 

Durante mi segundo año como estudiante universitario en la Facultad de Filología, escribí la nouvelle La soledad de los cisnes. En tanto que mi objetivo era conseguir un contrato de edición, la envié a varias editoriales de prestigio, que la rechazaron; en dos o tres concursos que ofrecían un contrato de edición tampoco obtuvo el primer premio.

 

En cuanto terminé la carrera universitaria escribí la novela Adoración. Se trataba de una obra tan ambiciosa –y, en mi opinión, tan buena– que estimé que tendría posibilidades de ganar cualesquiera de los grandes premios que convocaban las editoriales más importantes de España. Durante aquella etapa infructuosa aprendí que no se puede ganar uno de esos premios desde el anonimato, por razones obvias que yo, por entonces, obnubilado por mis ilusiones, no quería reconocer. Entonces apareció en el horizonte el Premio de Narrativa Caja Madrid, que, respaldado por la editorial Lengua de Trapo, se encargaba de promocionar a jóvenes talentos literarios. Decidí probar suerte, si bien era consciente de que mi novela Adoración de ningún modo casaba con la línea editorial de Lengua de Trapo. En esa convocatoria el primer premio, que daba acceso al contrato de edición, quedó desierto; y se concedió un accésit a La peste peor, de Santiago Ambao; mi novela pasó desapercibida. Por descontado, el resultado del certamen me desconcertó. De todos modos, transcurridos dos años, decidí presentarme de nuevo al concurso, con la misma novela; para hacerlo, me vi obligado a cambiarle el título; La otra vida fue el primero que se me ocurrió. Contra todo pronóstico, esta vez mi novela no pasó desapercibida: fue seleccionada como finalista y, en la fase final, tras arduas y prolongadas deliberaciones de los miembros del Jurado, fue desbancada por la novela posmoderna Últimas dos horas y 58 minutos, de Miguel Ángel Maya, muy afín a la línea editorial de Lengua de Trapo. La otra vida, pues, recibió un accésit dotado con 6000 euros pero exento de contrato de edición, que era el objetivo que yo realmente perseguía (¿de qué me servía el dinero?). Aquella nueva derrota, la más dolorosa de todas, desató una tormenta interior que me acompañó durante meses.

 

Desde entonces, he participado en media docena de concursos literarios de novela, sin éxito alguno. Y no creo que logre en el futuro un éxito reseñable en este ámbito de los certámenes literarios que conceden un valioso contrato de edición en primera línea de fuego, en tanto que mi proyecto novelístico es ya marcadamente experimental.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Eduardo (martes, 30 junio 2015 03:11)

    Interesante relato. Terminó abruptamente y no sé si me dejó una enseñanza. EN todo caso parece querer decir, "Aún no hay desenlace"

  • #2

    Marissa Tamayo (viernes, 07 abril 2017 17:55)

    No te desanimes, Juan, el oficio de escribir es arduo y plagado de sinsabores, pero también encuentras en el camino sonrisas y palabras de aliento. Yo escribo hace años en silencio, en un blog, http://unpocotondetodo.blogspot.nl/ y no me desanimo. Siempre me dijeron que los concurso literarios están amañados y fijados de antemano, pero aún así, creo que intentaré concursar en algunos. Aunque mejor creo que empiezo a producir yo misma mis propios libros, y así los veré en papel y tinta. Ánimo, sigue escribiendo y no desistas.

  • #3

    JSC (lunes, 17 abril 2017 16:14)

    Gracias, Marissa. Yo es que he metido la nariz en el mundo de la edición profesional y, uf, el hedor me ha echado para atrás. A ver si la madurez me proporciona la valentía necesaria para meterme ahí dentro.

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