Reescribir y corregir textos literarios

Artículo del antiguo blog (2010)

Hoy voy a tratar un tema de capital importancia para cualquier autor que pretenda forjarse una carrera profesional seria y exigente: la reescritura de sus propios textos literarios.

 

Partamos de la tesis: la reescritura constante de un texto literario es tan importante como la propia escritura del texto. Es tan importante reescribir un texto al mismo tiempo que lo estamos escribiendo como reescribirlo un tiempo después de que el proceso de escritura haya finalizado. No hay otro modo de alcanzar la excelencia literaria, objetivo que debería perseguir cualquier autor que deseara entregar a sus semejantes una obra valiosa y, por tanto, perdurable. Obviar estos procesos de reescritura —llevados por el afán irreprimible de publicar o el todavía más reprobable de ganar dinero rápidamente— socava a largo plazo la carrera del escritor.

 

Hay que prestar especial atención al hecho de que el escritor (el artista, en suma) es uno de los pocos profesionales que se ve sometido a un proceso de aprendizaje perpetuo. Además, el escritor de verdadero talento progresa en el dominio de su oficio con asombrosa rapidez, de tal manera que, en la mayoría de casos, ni siquiera él mismo es consciente de los cambios cualitativos que experimentan sus aptitudes. Si a esto le sumamos la circunstancia de que, a causa de lo hermético, inestable e incongruente que resulta el sector editorial que hemos fabricado entre todos, un escritor de talento puede lograr la publicación de una de sus obras y alcanzar el éxito repentino cuando ya cuenta con una nutrida producción literaria inédita o que sus obras pueden ser publicadas en un orden no cronológico, la sentencia es clara: hay que revisar los textos con espíritu crítico antes de publicarlos y, si es necesario, reescribirlos o, como mínimo, corregirlos. Muchas obras literarias con un gran potencial no terminan de cristalizar porque su autor, impelido por la ansiedad, el dinero o la presión de su editor (al que su cuenta corriente, en algunos casos, le importa más que la proyección profesional del autor), decide no perseverar en el perfeccionamiento de su criatura.

 

Uno de los privilegios de los que disfruta el escritor con talento que no logra publicar precozmente es que cuenta con la posibilidad de reescribir y perfeccionar sus obras durante los periodos de tiempo en que consigue sobreponerse a los rechazos editoriales y a la frustración que le provocan; privilegio este que el escritor de raza jamás desaprovecha. En este sentido, nuestro inmisericorde sector editorial ha hecho mucho por la gran literatura.

 

En mi caso concreto, he de asegurar que he invertido mucho más tiempo en reescribir y corregir mis textos literarios que en escribirlos. Afortunadamente, mis obras no fueron publicadas cuando ya tenían la calidad suficiente para pasar por la imprenta (aunque con veinte años esto me pareciera una tragedia). Gracias a la indiferencia de los editores, aquellas obras de mi primera juventud han crecido y han alcanzado una saludable madurez. Recuerdo, por ejemplo, cómo eran mis relatos breves en aquella época, así como todas y cada una de las modificaciones que he ido realizando en ellos a lo largo de los últimos diez años; recuerdo también el asombro que me embargó en varias ocasiones cuando, al releer dichos relatos transcurrido un periodo de tiempo razonable desde la última vez, descubrí que habían perdido calidad como por arte de magia y que sabía cómo mejorarlos. Algo parecido ha sucedido con La otra vida: si bien ahora es la misma novela que era hace seis años (con todas sus virtudes y defectos), sin duda las pequeñas correcciones que he ido realizando a lo largo de este insufrible intervalo le han conferido una entidad a la que ya no estaría dispuesto a renunciar; es decir, en el hipotético caso de que tuviera que prescindir de esas correcciones que son huellas de un fragmento de vida, renunciaría sin contemplaciones a la publicación de la novela.

 

Por descontado, la reescritura de un texto literario ha de finalizar en algún momento; no puede prolongarse indefinidamente. Aunque, si he de ser sincero, yo me pasaría toda la vida reescribiendo mis obras, razón por la cual de cuando en cuando abro con pavor el ejemplar de La otra vida que hay sobre mi escritorio y, tras leer un breve fragmento, lo cierro rápidamente, consciente del peligro al que acabo de asomarme.

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