¿Profesores creativos?

 

No cabe duda de que un profesor –responsable de estimular las mentes de otras personas mediante estrategias personalísimas– debe ser un individuo altamente creativo. Cabe preguntarse, no obstante, no ya si todos los profesores lo son, sino si en el sistema educativo español se dan las condiciones necesarias para que florezca y se perpetúe una creatividad de alto rango o, lo que es lo mismo, para que los profesores puedan desplegar todo su potencial creativo.

 

Las manifestaciones de elevada creatividad requieren un entorno de trabajo altamente flexible y permisivo en el que la expresión de la individualidad sea el valor más preciado y el mejor protegido; la idiosincrasia individual no debe estar subordinada a lo colectivo; la visión subjetiva de la realidad debe sobreponerse al consenso. De lo contrario, no es posible desarrollar tareas creativas de alto rango.

 

Dista mucho de ser, el entorno académico español, ese espacio flexible y permisivo que fomenta la creatividad del docente (y, por extensión, del alumnado). Debería serlo. Pero, a pesar de que el término 'creatividad' se repite a lo largo de los documentos legales que lo articulan, no lo es. Porque existen en su seno varias mordazas que silencian la creatividad:

 

En primer lugar, una ampulosa y rígida normativa, con voluntad adoctrinadora y poder sancionador, que traza todos los caminos posibles y sella todas las vías de escape. Esa normativa no es franqueable ni maleable; no es un taller de arcilla sino una celda. En este escenario, un profesor solo puede hacer aquello que la normativa permite; y, además, solo puede hacerlo del modo en que la normativa lo ha establecido. Las ideas discordantes, a pesar de su potencial productivo, están excluidas.

 

En segundo lugar, el Proyecto de Dirección y el Proyecto Educativo de Centro. Estos dos elementos hacen de la celda en la que la normativa administrativa convierte el entorno educativo un lugar aún más opresivo e inhibidor. El PD lo diseña y elabora el director del centro y, por tanto, se trata de un producto de su creatividad (aunque ésta ya ha sido constreñida por la normativa administrativa). El PEC lo diseñan y elaboran el equipo directivo y el profesorado de forma colegiada; pero este proyecto no puede entrar en conflicto con el PD, en tanto que, jerárquicamente, está subordinado a él. Una vez constituidas estas dos redes que dan forma a la celda y al sendero sin escapatorias ni bifurcaciones, un profesor debe adaptar su estilo pedagógico a las exigencias de ambos proyectos, cuyos preceptos actúan como mantras. La resistencia –o, lo que es peor, la insumisión– a esos preceptos pedagógicos tiene consecuencias muy negativas en la vida laboral del profesor idealista y altamente creativo.

 

En tercer lugar, como consecuencia de lo expuesto anteriormente, el profesorado es sometido a un pertinaz y eficiente proceso de homogeneización. Sintetizando, todos los profesores terminan haciendo lo mismo y de un modo muy similar. El profesorado se organiza en una suerte de rebaño; no se trata de un rebaño de individuos ignorantes (antes bien, están todos convenientemente formados e instruidos); pero es un rebaño, no cabe duda. Así, la idiosincrasia individual se difumina, y la creatividad queda sepultada o asfixiada por el automatismo y el poder homogeneizador del mantra pedagógico. En este contexto, cualquier manifestación de elevada creatividad individual es interpretada por la comunidad educativa como una excentricidad y, por sorprendente que parezca, como un agravio; de modo que se censura y se reprime; de ningún modo se permite que una individualidad discordante cuestione el consenso. Bajo este comportamiento colectivo subyace el temor de que las propuestas innovadoras de los profesores altamente creativos se revelen muy productivas y, por consiguiente, quede patente la mediocridad que entre todos han instituido.

 

Así pues, la manifestación de una elevada creatividad en el entorno académico español por parte del profesorado es un fenómeno auténticamente excepcional. En conclusión, una persona altamente creativa que imparta clases en las aulas españolas (especialmente en los niveles de la educación primaria y la secundaria) está obligada a ser quien realmente no es, a comportarse en sentido contrario a lo que le dictan sus leyes naturales; está abocado, en definitiva, a sufrir frustración y hastío. Los profesores poco creativos, en cambio, están en su salsa. 

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