El buen profesor

 

 

A menudo, el tratamiento mediático que recibe el gremio de los profesores de secundaria en este país carnavalesco me recuerda al tópico del buen salvaje; ya saben, aquel según el cual los indígenas colonizados por invasores abyectos son individuos ingenuos, confiados, amables e incorruptos que viven en armonía con la naturaleza. Por lo visto, este prolífico tópico del ideario europeo se ha aplicado sistemáticamente a la clase docente en la coyuntura cultural de los últimos decenios (lo que constituye un movimiento acrítico propio de la idiosincrasia española).

 

Así, la imagen pública que proyectan los profesores de secundaria en este país es la de unos individuos altamente cualificados, amables, empáticos, estrictos, rigurosos e insobornables que, abnegadamente, soportan las incoherencias de una Administración desnortada e implacable y la presión asfixiante de unas leyes educativas erráticas. Esta imagen está tan arraigada en nuestra sociedad (les invito a buscar un debate público que haya quedado grabado en el que no se perpetúe este tópico), que hasta los propios docentes han terminado creyéndosela, lo que constituye un alarmante fenómeno colectivo de trastorno de la personalidad.

 

La reformulación del tópico del buen salvaje, evidentemente, actúa, en este caso, como un mecanismo de ocultación de la realidad del que se benefician los profesores, la Administración, el Gobierno y, sobre todo, la ciudadanía, protegida, por omisión de la verdad, del pánico y la desesperación que le produciría el desvelamiento.

 

Pero el desvelamiento es necesario e insoslayable: los profesores de secundaria no son ni virtuosos ni insobornables (entiendan que toda norma está avalada por sus excepciones). Todo lo contrario: constituyen una clase decadente que, con la connivencia de la Administración, ha construido un sistema educativo mediocre, un inmenso basurero cuyo hedor alcanza los rincones más lejanos del continente europeo. 

 

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