Reseña de Crudo

Título: Crudo

Directora y guionista: Julia Ducournau

Año: 2016

Duración: 98 minutos

Julia Ducournau (Francia, 1983) debutó como cineasta con el cortometraje Junior (2011; Petit Rail d'Or, Cannes); posteriormente codirigió el telefilme Mange. Y en 2016 la joven cineasta logró una notable repercusión internacional con su largometraje Raw (Crudo), merecedor de  varios galardones en los Festivales de Cannes, Londres y Sitges.

 

La primera vez que vi Crudo, en la televisión de mi habitación, experimenté sensaciones encontradas: por un lado, me fascinaron la plasticidad, elegancia y crudeza de algunas escenas, desarrolladas con un refinamiento exquisito; por otro lado, tratándose de una propuesta en parte fantástica (pues la ingesta de carne humana produce en las hermanas Justine y Alexia una transformación corporal sobrenatural, aunque no resulte evidente, lo cual es un gran acierto de la autora), me irritó mucho que el elemento fantástico se insertara en un contexto inobjetablemente inverosímil. Me explico: el grado de impunidad del que gozan los actos corruptos y degenerados en la universidad en la que estudian las hermanas en origen vegetarianas no es creíble; en otras palabras, las cosas que ocurren en esa universidad de veterinaria no pueden suceder en ninguna universidad de un país civilizado. De ahí mi incomodidad con el aun así meritorio trabajo de Julia Ducournau durante mi primer acercamiento a la película. Sin embargo, la reflexión calmada me clarificó el entendimiento y pronto juzgué adecuadamente las pretensiones de esta talentosa directora: Crudo opera en un plano estrictamente simbólico; múltiples elementos indudablemente incómodos, que normalmente aparecen aislados en la realidad, se condensan en un único y asfixiante contexto; el resultado, por consiguiente, es una hipérbole, figura retórica que aquí representa con una desinhibición inaudita la condición humana y el tipo de sociedades ambivalentes que ha construido el ser humano. En definitiva, toda esa corrupción que está presente en las sociedades modernas de forma soterrada, en la película de Ducournau aparece de forma explícita. Es como si la autora nos dijera: «La corrupción la conocemos aunque no se vea, aunque no se muestre; todos sabemos que está ahí y en qué consiste. Por tanto, la corrupción está en realidad al descubierto». Por esta razón, la directora ahorra al espectador cualquier tipo de parapeto. El producto de esta fórmula provoca en el que asiste al espectáculo una suerte de extrañamiento, de persistente perturbación.

 

Dicho esto, sepan que, en efecto, Crudo es una película simbolista y, esencialmente, naturalista (recordemos lo fructífero que fue el simbolismo en la novela naturalista-espiritualista de finales del siglo XX; recordemos que Francia fue la cuna del Naturalismo y que Julia Ducornau es francesa). Así pues, Crudo se presenta como un denso y sugestivo laboratorio de pruebas en que la autora experimenta con sus personajes: ¿qué pasaría si dos hermanas determinadas por una herencia genética extraordinaria, que ha sido reprimida por la institución familiar, por el orden social, de súbito fueran liberadas en un contexto igualmente extraordinario? Lo que pasaría, atentos lectores, es Crudo. La progresiva transformación de Justine –ese viaje al fondo de sí misma, esa liberación absoluta de los condicionamientos sociales, ese despertar redentor; en suma, esa liberación y esa cadena– constituye la historia de todos nosotros, de todos nuestros días mirándonos en múltiples espejos, de un lado a otro, confusos y perseverantes.

 

Por cierto, me encanta la banda sonora y el modo en que irrumpe en determinadas escenas. Magnífica la interpretación de los actores principales, especialmente la de Garance Marillier.

 

Trabajos como este son los que engrandecen el séptimo arte, últimamente muy deteriorado por el acoso incesante de la vulgaridad y la futilidad. Crudo es un auténtico festín para el intelecto y los sentidos del espectador.    

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