mié

03

jul

2013

Editing literario (II)

 

(Editing literario I)

 

Retomemos la última paradoja del anterior artículo: las obras de escritores con gran talento literario –una minoría– en ocasiones son sometidas a procesos de editing.

 

Quizá lo más conveniente sea aportar un ejemplo emblemático: el primer editor de Raymond Carver, Gordon Lish, mutiló su primer libro de relatos: cambió el estilo de la prosa, redujo la extensión de las narraciones considerablemente, eliminó los pasajes más emotivos y eligió un título para el volumen. El resultado fue una obra cuya poética era diametralmente distinta a la que había diseñado Carver, que le rogó a Lish que no publicara el libro en esas condiciones. El editor no accedió y publicó el volumen mutilado, actitud que constituye un reprobable atentado contra la Propiedad Intelectual. Desafortunadamente para la integridad emocional de Carver, el libro, De qué hablamos cuando hablamos de amor, obtuvo un éxito clamoroso. Un éxito desafortunado –permítanme el oxímoron– porque el autor de los relatos era, en gran medida, Gordon Lish. Con la reciente publicación de la versión original del primer libro de Carver, Principiantes, se ha constatado que no había nada en esta obra que requiriera una enmienda, dada su elevada calidad literaria. Gordon Lish, pues, se sirvió del libro de un escritor novel para realizar experimentos literarios que le inquietaban. Gordon Lish, en definitiva, es un gran escritor y una persona deleznable.

 

Efectivamente, hay editores que tienen la necesidad de escribir a través de sus autores (es esta una de las facetas de su egolatría). De este modo, en caso de que el libro intervenido alcance el éxito, el editor obtiene la impagable satisfacción de saberse en parte responsable del triunfo de la obra (y, en algunos casos, incluso agente crucial en la consecución de dicho éxito). A esta satisfacción se suman, en primer lugar, la de que el autor no puede demostrar que, sin las modificaciones clarividentes del editor, la obra hubiese obtenido el mismo éxito (o uno mayor); y, en segundo lugar, la de que el autor no está en disposición de contraargumentar la insinuación o declaración de que, sin la intervención del editor, la obra en cuestión no habría triunfado. Así pues, el editing alimenta el ego del editor y, además, refuerza su posición dominante frente al autor.

 

Las injerencias del editor, por descontado, solo afectan a los escritores incipientes, pues los consagrados no suelen tolerarlas (a menos que hayan desarrollado una profunda dependencia tanto emocional como profesional respecto a su editor, una de las consecuencias de la práctica del editing) y, además, su status les permite eludir las presiones del editor. El escritor novel o incipiente, en cambio, tiene la necesidad de editar su obra cuanto antes para instituirse o reafirmarse como escritor en la sociedad y, normalmente, ha idealizado la figura del editor, que en ocasiones aprovecha estas circunstancias para proponer la modificación de la obra del autor como condición indispensable para su publicación.

 

Cabe la posibilidad de que un editor que practica el editing sea escritor o de que no lo sea. Normalmente, los editores que ejercen el editing con insistencia son también escritores; estos tienen su propia poética literaria, su propia visión de lo que debe ser la literatura y, por tanto, cuando modifican alguna obra ajena lo hacen para intentar adaptarla a esa visión personal; por supuesto, están convencidos de que su pericia literaria es infalible y de que, a partir de una lectura superficial (superficial comparada con la que haría un investigador), obtienen un conocimiento sobre el texto superior al del autor (que ha invertido meses o años en la elaboración de la obra) y, consiguientemente, son capaces de tomar con celeridad decisiones de diseño que lo mejoren. En cuanto a los editores intervencionistas que no son escritores (o novelistas, o cuentistas, o ensayistas), tienen la certeza de que es legítimo que el ignorante o diletante rectifique al profesional.

 

Como habrán deducido a lo largo de estos dos artículos, la práctica del editing literario me parece reprobable, tanto si se aplica a la literatura de masas como a la más exigente. La que más me inquieta, en cualquier caso, es esta última. Lo que debe hacer un editor cuando tenga entre sus manos un texto con errores o desaciertos evidentes es no editarlo, a la espera de que el autor complete su formación. Asimismo, lo que debe hacer un editor cuando tenga entre sus manos un texto de evidente calidad literaria es respetar todas las decisiones creativas de su autor, y no someterlo a presiones de ningún tipo. Y, finalmente, lo que debe hacer un autor que crea realmente en su talento literario es no aceptar jamás la intrusión de un editor en su obra. Porque un artista que no es totalmente independiente no es un artista.

 

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Néstor (miércoles, 14 enero 2015 14:27)

    Hola, Juan, un gusto conocer tu blog.
    Me han gustado mucho tus dos artículos sobre editing, y quisiera acotar algo al respcto, que no es un matiz, sino una alternativa a esa actitud salvaje de los editores que planteas y que, por cierto, no admite dudas ni disputa.
    Yo hago editing dentro de mis servicios de corrector, pero con una filosofía no invasiva. Si es un escritor en ciernes (lo más normal para los correctores independientes), intento enfocarlo como parte del proceso de aprendizaje y maduración. ¿Que quiero decir con esto? Primero, que soy incapaz de reescribir nada, me parece indecoroso, además de que mi estilo es para mis libros, no para los libros de otros. Segundo, cuando encuentro fallos estructurales que afectan a la obra, en cualquiera de los aspectos que mencionas en el primer artículo, emito un mini informe (escrito o verbal), dando las razones que sustentan mi oponión. El autor, por supuesto, es amo y señor de su obra, puede estar de acuerdo o no y en el caso de que esté de acuerdo (lo que implica una comprensión cabal del fallo, a la vez que un aprendizaje), lo invito a que sea él mismo quien lo reescriba. Con esto me aseguro que la obra conserva el estilo propio del autor.
    Entiendo que hay una línea invisible, esa en la cual mi estilo no debe influir en la del escritor, y por eso procuro que mi trabajo de editing sirva para que el autor novel vaya asentando su propio estilo sobre bases narrativas sólidas.
    No sé si mi enfoque es ciento por ciento no invasivo, pero lo que pongo en él es honestidad y respecto absoluto por el trabajo literario del autor que confía en mí, porque al margen de la calidad, es SU obra de arte.
    Un gusto haber conocido tu blog.

  • #2

    JSC (miércoles, 14 enero 2015 22:01)

    Gracias, Néstor, por tu meticuloso y atinado comentario, que sin duda enriquece mi texto.

    Estoy convencido de que tu trabajo como corrector de estilo es honesto (de lo contrario, no habrías participado en esta entrada). El asesoramiento de un buen corrector es siempre beneficioso para cualquier autor, sea cual sea su formación y talento.

    De todos modos, la relación que establece un corrector independiente con autores emergentes no es la misma que se establece entre un editor influyente y los autores; en este último caso, el editor goza de una posición de poder respecto al autor. Me interesaba indagar en esa relación desigual vinculándola a la práctica del 'editing' en el seno de las editoriales. Me interesaba, especialmente, porque a menudo los editores hablan en las entrevistas que conceden a la prensa del problemático ego de los autores, pero nunca hablan de su propio ego, tan vinculante y, en ocasiones, nefando.

    Saludos.

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