dom

26

may

2013

Reseña de 'Shakespeare y la ballena blanca'

Autor: Jon Bilbao

Título: Shakespeare y la ballena blanca

Editorial: Tusquets

Páginas: 232

Precio: 17 euros

ISBN: 978-84-8383-475-6

 

 

Tras cuatro magníficos libros publicados por el sello Salto de Página (uno de ellos reseñado en este espacio: aquí), era de esperar que Jon Bilbao firmase contrato con una de las editoriales españolas más influyentes. Tusquets, en este caso, ha sido la privilegiada.

 

El nuevo trabajo de Jon Bilbao, Shakespeare y la ballena blanca, pertenece al subgénero de la novela histórica, el cual ha obtenido un gran éxito en la actualidad entre el lector medio del que se nutren las editoriales más comerciales. Pero la novela de Bilbao en nada se asemeja a estos productos estereotipados, amasados por varias manos entre bambalinas, que saturan el mercado editorial. El texto del autor asturiano es, literariamente, mucho más exigente y, además, incorpora a la materia histórica elementos realmente originales. Y es que, cuando la firma de Jon Bilbao figura en una obra, su calidad literaria está garantizada.

 

Shakespeare y la ballena blanca transcurre durante las postrimerías del reinado de Isabel I de Inglaterra, la cual, presintiendo cercana su muerte, decide estrechar lazos con Dinamarca, razón por la que envía una comitiva diplomática a bordo del Nimrod –uno de los galeones de guerra más emblemáticos de su flota–, en el que se embarca también el dramaturgo Shakespeare, que, por orden de la reina, tiene como misión dirigir una representación abreviada de Romeo y Julieta en la corte danesa. Durante el viaje, el Nimrod es acuciado por la persistente y sobrenatural presencia de una enorme ballena blanca, que trastoca las mentes de los tripulantes y fascina a Shakespeare, hasta el punto de inspirarle una obra de teatro totalmente distinta a las que ha escrito hasta el momento y sobre la que reflexiona a lo largo de toda la narración.

 

Así pues, lo que nos ofrece Bilbao es un pastiche literario que emula las estrategias compositivas del propio Shakespeare: por una parte, información histórica y técnica extraída de libros que son citados al final de la novela; y, por otra, la glosa de la novela decimonónica Moby Dick, de Herman Melville. Los diferentes materiales están bien ensamblados; algunas de las escenas relacionadas con Shakespeare –tanto biográficas como fabuladas– son intensas y emotivas (como, por ejemplo, la de la muerte del hijo de Shakespeare a causa del Tifus); hay una acertada renovación del tratamiento simbólico de algunos elementos de Moby Dick que aportan originalidad al relato; la trabajada prosa, que compone imágenes de gran plasticidad, es la que distingue al escritor meticuloso e inspirado; una naturaleza omnipotente que sacude al ser humano cobra protagonismo de nuevo como una seña de identidad de la literatura del autor. Por todo esto, Shakespeare y la ballena blanca es un pastiche eficiente.

 

No obstante, la lectura de esta novela constata las limitaciones artísticas del subgénero novelístico al que se somete: la realidad retratada no emerge ante el lector pura, vivaz y auténtica. En su lugar, el lector percibe en todo momento el movimiento de la ducha mano del autor, que desde las sombras selecciona y sintetiza los materiales para después imbricarlos; la ensambladura es buena, pero cada una de las costuras se percibe con claridad. Como consecuencia de esta estrategia compositiva propia del subgénero novelístico escogido, las tribulaciones que el capitán del Nimrod expresa en las páginas 190-193, referidas a su antigua relación con la ballena blanca, resultan inverosímiles; no lo serían en la novela Moby Dick; pero lo son en el pastiche que la glosa porque en éste se ha obviado gran parte del desarrollo psicológico del personaje. Por tanto, esta última novela del autor asturiano carece de la autenticidad y la imaginería de sus composiciones anteriores.

 

En definitiva, Shakespeare y la ballena blanca es una buena novela (una buena entre tantas malas que pululan por las librerías). Pero la mejor obra de Jon Bilbao todavía no es negra.

 

 

 

 

 

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