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03

mar

2013

Un relato real: una hora de clase en mi instituto público de Barcelona

 

 

Fecha: 1 de marzo de 2013

Hora: 9:00-10:00

Curso: 2º ESO

Asignatura: Ciencias Sociales

Profesor: un pobre hombre

Calificación: mayores de 18 años

 

 

Subo las escaleras sorteando adolescentes que han confundido el instituto con una pista de atletismo. Hay más profesores. Unos me saludan. Otros no. La mayoría no presta atención a los atletas. Normal.

 

Llego al aula del 2ºC. Me detengo en el umbral de la puerta. Adentro solo hay tres alumnos. Están realizando ejercicios atléticos. De una rápida ojeada, busco a los desertores entre la marabunta de alumnos que inunda el pasillo. Los localizo. Las aulas vacías. Los profesores en tránsito. Gritos. Aullidos. Golpes. Carcajadas estridentes. Destellos centelleantes de las pantallas de los móviles.

 

Llamo a mis alumnos desde el umbral. Me escuchan. Me escuchan pero me ignoran. Lo intento de nuevo, con más ímpetu. Me ignoran. Insisto. Me ignoran. Grito. Ahora sí que les he cortado el rollo. Se acabó la fiesta. La mayoría entra en clase, a regañadientes. Entran como buenos atletas. Tres siguen en su sitio, apoyados en la barandilla, como si una voluptuosa bailarina los hubiera hipnotizado. Los llamo. Me ignoran. Lo intento de nuevo. Me ignoran. Insisto. Me ignoran. Grito. Me ignoran. Los advierto. Se ríen de mí. Aparece su tutor. Los mira de soslayo. Duda. Les ordena que entren en clase. Lo ignoran. El tutor se escapa. Ahí te los dejo, me dicen sus ojos, vistos y no vistos.

 

Esgrimo amenazas. Uno entra. Raro. Los otros dos permanecen, sonrientes. Más amenazas. Se acercan sonriendo. Se detienen en el umbral. Simulan que andan pero, obviamente, no avanzan. Amenazas. Siguen caminando sin avanzar, sonrientes. Los empujaría al interior, pero no puedo. Cuando se cansan de la pantomima, entran.

 

Llego hasta mi mesa desgarrando el jolgorio. Miro al frente. Los pupitres están vacíos; los radiadores, abarrotados. Sentaos en vuestro sitio, por favor. Ni caso. Lo repito alzando la voz. Ni caso. Amenazas. La mitad abandona los radiadores y se sienta en su mesa. Miradas de odio. Normal, soy un señor muy malo. La alumna X permanece encadenada al radiador. Le pido que vaya a su sitio. Me ignora. Amenazas. Joder, grita (es su palabra preferida). Pero se sienta en su mesa.

 

Paso lista. Les comunico a los dos alumnos que caminaban sin avanzar que están expulsados. Dicen que son inocentes, que yo soy injusto. La alumna Y me grita, indignada, que por qué he decidido expulsar a sus compañeros; no han hecho nada, añade. Le digo que se calle. Sigue gritando. Amenazas. Se calla. Pero me mira con odio. Los demás murmuran. Los caminantes, C1&C2, se parten de risa. Relleno el documento de la incidencia con la información adecuada. Les pido a los caminantes que abandonen el aula y vayan a la sala de guardia a cumplir su castigo. Caminan pero no avanzan demasiado. El tiempo transcurre y los caminantes, por fin, salen del aula. 20 segundos después… C2 abre la puerta, sonríe, se marca un bailoteo en el umbral y, a continuación, da un tremendo portazo. Algunos alumnos celebran la despedida.

 

El alumno I me dice que él también se quiere ir. Lo ignoro. Comienza a molestar. Hago oídos sordos y abro un pequeño armario con una de mis llaves. Extraigo 9 libros de ciencias sociales. La alumna H y la alumna M, muy solícitas, los reparten. Pero antes se pelean entre ellas por los libros y las tengo que separar. El alumno I sigue molestando. Amenazas. No estoy haciendo nada, alega. Abrid el libro por la página 69. Me ignoran. Lo repito. Me ignoran. Amenazas. Abren el libro, quizá por la página 69. El alumno I incordia ahora de forma más eficiente. Amenazas. No he hecho nada, alega. Me fijo en que la alumna W ha confundido el libro de texto con una almohada. Le pido que se incorpore. Me ignora. Amenazas. Se incorpora a regañadientes. El alumno I agota mi paciencia. Relleno la incidencia y lo expulso. Se da prisa. Se despide con un tremendo portazo.

 

Le pido a la alumna V que comience a leer la lección en voz alta. Me obedece. No se entiende nada de lo que dice. Le digo que vuelva a empezar, y que intente hacerlo mejor. No mejora. No sabe leer en catalán. Diez años de inmersión lingüística a sus espaldas y, aun así, no sabe leer en catalán. La corrijo varias veces. Se enfada. Ya no quiere leer.

 

Le pido a la alumna L que lea. Me obedece. Lo mismo. No sabe leer en catalán. Cuando termina, nadie ha entendido nada.

 

Le pido a la alumna S que lea. Me obedece. Lo mismo. No sabe leer en catalán. Cuando termina, nadie ha entendido nada.

 

Les explico, resumidamente, la lección. Reformulo varias veces. Les hago preguntas acerca de lo que les he explicado. No me contestan. La formación de los condados catalanes les interesa poco. La alumna F, eso sí, muestra algo de interés, a pesar de que no es ni española ni catalana.

 

De repente, la alumna Y comienza a decir que nadie me quiere en el instituto, que la dirección quiere que me vaya, que ella también quiere que me vaya, que me iré pronto. La alumna Y es el loro de los asnos del borrador y la tiza. Pero la alumna Y tiene razón: el año que viene ya no estaré aquí, porque así lo establece mi contrato.

 

El alumno C1 irrumpe en el aula. Viene a por su mochila. Se demora. Portazo.

 

Unos segundos después, el alumno C2 irrumpe en el aula. Viene a por su mochila. Se demora. Portazo.

 

En vista de que la sesión de lectura ha sido improductiva, les pido a los alumnos que dibujen en su libreta el mapa de los condados catalanes que tienen en la página 69 de sus libros. Protestan. Insisto. Protestan. Argumento. A ver si te crees que somos dibujantes, dice la alumna R. Argumento de nuevo. Por fin obedecen.

 

Comienzan a dibujar. Surgen dificultades. Tengo que explicarles en la pizarra cómo se debe dibujar un mapa. Lo entienden. Superan las dificultades. Los mapas comienzan a brotar en sus libretas. Trabajan durante diez minutos.

 

Miro mi reloj de pulsera. Recojo los libros de texto. Los introduzco en el armario. Lo cierro con llave. Recojo mis cosas. Suena el timbre.

 

Los alumnos pegan un brinco y salen disparados por la puerta. C1 y C2 entran en el aula con sus mochilas y una desafiante expresión de euforia. Me miran. Comienzan a gritar: ¡Hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta! Se trata de un cántico. Estarán practicando para la próxima huelga de estudiantes y la próxima manifestación, pienso. Anoto las palabras del cántico en la hoja de incidencias. Me la llevo para evitar que la roben o la descuarticen.

 

C1&C2 salen del aula a toda prisa. Yo salgo lentamente. El pasillo se ha convertido de nuevo en una pista de atletismo y en la plataforma de una discoteca.

 

Cruzo los dedos para que algún día irrumpa en el instituto la reportera de Diario DE.

 

 

 

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