Reseña de 'Intemperie'

Título: Intemperie

Autor: Jesús Carrasco

Editorial: Seix Barral

Páginas: 224

Precio: 16.50 euros / 9.99 euros (ebook)

ISBN: 9788432214721

 

 

Jesús Carrasco (Badajoz, 1972), residente en Sevilla, se dedica profesionalmente a la redacción publicitaria. Intemperie (Seix Barral, 2013) constituye su debut literario. Contrariamente a lo que es habitual en el sector editorial español en lo referente a la promoción de las obras de autores noveles, esta primera novela ha salido a la luz respaldada por una gran campaña publicitaria, que sin duda merece. Esperemos que, a partir de ahora, cunda el ejemplo entre las editoriales más influyentes, pues es crucial para la supervivencia de la literatura española.

 

Intemperie pertenece a la estirpe de novela retórica a la que, en la actualidad, todas las editoriales españolas cierran sus puertas sistemáticamente, convencidas de que la desacostumbrada sensibilidad de los lectores del siglo XXI no la tolerarían (en este espacio crítico, sin embargo, acogemos las novelas retóricas con entusiasmo, casi con lágrimas en los ojos). Consumado el milagro de su publicación, nos encontramos con una novela atípica, meticulosa y, paradójicamente, austera y exuberante al mismo tiempo.

 

La narración –contextualizada en un territorio indeterminado cuyos protagonistas son el paisaje rural y un sol despiadado– arranca con el conflicto de su jovencísimo protagonista: un niño que, por razones que se intuyen desde un principio importantes, ha abandonado el hogar y ha huido de su pueblo y que, mientras una caterva de hombres presidida por el alguacil siguen su rastro, permanece cobijado en un hoyo que, simbólicamente, se comporta como un útero que alumbrará un renacimiento: la peripecia en forma de huida constante del niño, acompañado por un cabrero parco en palabras, a lo largo de un territorio inclemente que azotará sus cuerpos y, en última instancia, transformará sus almas, en especial la del niño. Se trata, pues, de una novela de formación de intensa crudeza.

 

No son pocas las virtudes de este relato. En primer lugar, destaca el exquisito trabajo estilístico que ha realizado el autor: un exuberante corpus léxico integrado por tecnicismos y voces arcaizantes que contribuyen a crear de la nada un territorio y una atmósfera que nuestra reciente literatura ya había olvidado (chamizo, azuela, cotillo, pantógrafo, rodera, cagafierro, guadamecí, serones, gualdrapa, ataharre, trébede, retranquear, albardinar, canchal, cañahejas, etc.); una sintaxis simple, contenida e impecable; plásticas metáforas y comparaciones, además bien dosificadas; y unas meticulosas y precisas descripciones que convierten el paisaje rural en el tercer personaje protagonista de la novela. En segundo lugar, el diseño de la estructura no tiene fisuras: los dos momentos climáticos del relato, de gran intensidad emocional, están situados en el lugar adecuado, evitando que la narración incurra en la monotonía. En tercer lugar, es un gran acierto poético que, desde el comienzo del relato, las causas de la huida del niño se conviertan en una incógnita y que, en el desenlace, ésta permanezca irresoluta; el narrador omnisciente bordea las causas de la huida en varias ocasiones, suministra pistas sutiles y, en el desenlace, roza el centro de la gran pregunta; pero no lo descubre, permitiendo así que el lector –el lector atento e inteligente– deduzca la solución. Podríamos exponer más virtudes del texto, pero, siguiendo el ejemplo del autor, preferimos que sea el lector quien las descubra por sí mismo.

 

En cuanto a las objeciones, consideramos que la novela presenta una mácula importante: el narrador impone en todo momento su estilo retórico y su visión compleja y madura del mundo; de modo que en varias ocasiones, cuando recurre a técnicas como el estilo indirecto o el indirecto libre para referir el pensamiento del niño, construye razonamientos inverosímiles; es decir, resulta inverosímil que un niño, por maduro e inteligente que sea, piense en los términos que el narrador, mero mediador, muestra (sirvan como ejemplos, en estilo indirecto: «Pensó que quizá la necesidad de reunir a aquella partida habría obligado a remangarse, codo con codo, a viejos enemigos. […] Entonces pensó en su padre y lo imaginó […] tratando de hacer creer a todos que […] la desgracia se cebaba una vez más con su familia y que Dios le acababa de arrancar una parte de su carne»; y, en estilo indirecto libre: «Si el cabrero no estaba dispuesto a recibirle como a un héroe, si no iba a reconocer el sacrificio que había hecho, al menos que no le obligara a meter la cabeza entre las fauces del león»). Por otra parte, nos ha parecido también inverosímil que, en cierto momento crítico de la novela, el niño permanezca nada más y nada menos que dos horas observando un cadáver con suma atención.

 

Estos defectos, no obstante, palidecen frente a las numerosas virtudes del texto. De modo que Intemperie es una novela excelente. Con toda seguridad, hay más novelas excelentes de autores noveles en rincones oscuros a la espera de que, milagrosamente, editoriales tan influyentes como Seix Barral las alumbren. Búsquenlas con ahínco, señores editores, si desean que la literatura española sobreviva.

 

 

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Ricardo Senabre (El cultural)

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