Pornografía educativa

 

 

Tengo la costumbre de publicar en este blog artículos muy críticos sobre nuestro mediocre sistema educativo. En ellos, la Administración, los gestores de los centros públicos y el gremio de profesores de secundaria salen malparados (a mi pesar). Pero casi nunca ofrezco ejemplos incontestables que corroboren mis contundentes asertos (que algunos, me imagino, considerarán demagógicos).

 

En esta ocasión, no obstante, voy a proporcionarles un ejemplo diáfano y, previsiblemente, perturbador. Y es que este país necesita más que nunca ejercicios de transparencia persistentes en todos los ámbitos. 

 

Durante este curso que ya ha terminado he estado trabajando como profesor titular de Lengua castellana y literatura en el IES Poeta Maragall de Barcelona. Este instituto, hace una década, gozaba de mucho prestigio. Decidan ustedes mismos, a partir de mi fidedigno relato, en qué ha derivado el prestigio de antaño. Doy comienzo, pues, al relato de los hechos: 

 

Una tarde de diciembre del 2011, intenté poner orden entre un grupo de alumnos que correteaban por los pasillos, gritaban, se tiraban al suelo muertos de risa, etc., mientras esperaban que sus profesores llegaran a clase. El resultado de mi intervención fue el siguiente: recibí burlas, insultos y, finalmente, una agresión física por parte de un alumno con perfil de sociópata.

 

El alumno agresor, evidentemente, fue expedientado y expulsado definitivamente del centro con el consentimiento de la Inspección educativa. El altercado, por supuesto, no se habría producido si el instituto hubiese estado provisto de mecanismos eficientes de prevención de conflictos.

 

Poco después de los hechos, me reuní con la junta directiva y les solicité que convocaran una reunión urgente del equipo docente para buscar soluciones a la situación de anarquía en la que se encontraban los alumnos. Los gestores del centro arguyeron que no tenía sentido que esa reunión se produjera porque la mayoría de profesores tenían reducción de jornada por edad y, por tanto, como no estaban obligados a asistir a esa reunión, probablemente no asistirían. De todos modos, conseguí convencerlos de que convocaran la reunión (en la mayoría de los institutos públicos se convocan regularmente reuniones de equipos docentes, pues son absolutamente indispensables; en el Poeta Maragall, en cambio, no se convoca casi ninguna).

 

La reunión tuvo lugar a finales de enero y, afortunadamente, asistieron casi todos los profesores. No llegamos a ningún acuerdo ni encontramos soluciones. Yo propuse, al final del acto, que nos reuniéramos cada quince días o cada tres semanas (de hecho, en nuestro horario había asignada una hora para ese tipo de reuniones). Entonces la jefa de estudios exclamó sarcásticamente: “¡¿Más reuniones?!”. Yo le contesté: “¡Pero si esta es la primera que hacemos en cinco meses!”; una profesora intervino para decir que yo tenía razón. La jefa de estudios sentenció: “No vamos a hacer más reuniones”. Yo, indignado, le dije que si redactara un informe sobre todo lo que no funcionaba bien en el centro tendría mil páginas. Entonces el director me dijo que ya podía redactar ese informe y que era un maleducado. Yo le contesté que soy una persona educadísima, a lo que el director reaccionó del siguiente modo: se levantó enfurecido y espetó: “¡Vete a la mierda, gilipollas! Aquí mando yo y se hace lo que yo diga. ¿Te queda claro?”; acto seguido se acercó a mí y, gritándome, me dijo que ese era su instituto y que él hacía lo que le daba la gana; finalmente, abandonó la sala. Yo, que no soy una persona a la que se pueda intimidar, le dije a la jefa de estudios que debían dimitir y poner sus cargos a disposición de personas más capacitadas. Entonces la jefa de estudios se escapó y el resto de profesores, sin emitir sonidos, abandonaron la sala, cogieron sus cosas y se fueron a casa.

 

Durante un mes aproximadamente, estuve esperando una disculpa por parte del director. Fue en vano. El resto de profesores, por su parte, sepultaron el asunto, comportándose como si no hubieran sido testigos de una injuria que está tipificada en el código penal. Por descontado, la junta directiva no convocó más reuniones de equipo docente. De modo que las condiciones en las que todos trabajábamos empeoraron progresivamente.

 

Ha llegado el momento de realizar un salto en el tiempo hasta la última situación conflictiva del curso: la sesión de la evaluación final ordinaria de segundo de bachillerato, a la que asistí como profesor titular de Literatura castellana. Durante esa sesión —de la que depende que los alumnos puedan presentarse a la primera convocatoria de la selectividad— los profesores emitimos las calificaciones finales de cada alumno (las calificaciones definitivas), que fueron introducidas en el sistema informático en ese mismo instante. Entonces se produjo un fenómeno que, horas antes, me habría parecido inconcebible: como algunos alumnos tenían una o dos asignaturas suspendidas, la tutora propuso que se les aprobaran dichas asignaturas; acto seguido, algunos profesores veteranos se ofrecieron a modificar a la baja sus calificaciones finales con el fin de que se aprobaran las materias suspendidas. A este procedimiento lo denominaron ‘sistema de compensación’. (Veamos un ejemplo de este peculiar sistema: imaginemos que un alumno ha suspendido solo la asignatura de inglés, y que su calificación final, según el criterio del profesor titular de la materia, es un tres; se le subiría entonces la nota a cinco y, para compensar el ‘favor’, se le sustraería un punto de otras dos asignaturas, elegidas arbitrariamente; así, si el alumno tuviera, por ejemplo, un siete en Historia y un seis en Lengua catalana, se quedaría con un seis y un cinco respectivamente; y el alumno, obviamente, una vez que se enfrentara al boletín de notas, no se preguntaría qué ha pasado con su siete y con su seis —craso error—, pues el inesperado cinco en inglés captaría toda su atención y lo haría inmensamente feliz).

 

Este sistema se aplicó sistemáticamente en las sesiones de evaluación en las que estuve presente. Por supuesto, yo manifesté mi desacuerdo con esta mala praxis enérgicamente. La tutora de la primera sesión me dijo: “Aquí lo hacemos así”; y una profesora añadió: “La normativa lo permite”. Pero la realidad es muy distinta: el protocolo de evaluación aplicado es ilegal y, pedagógicamente, una aberración. Según la normativa vigente (Ordre EDU/554/2008 y Ordre ENS/62/2012), en la evaluación final ordinaria no se pueden modificar las calificaciones finales definitivas; esto solo se puede hacer en la evaluación final extraordinaria, en la cual, como máximo, se puede modificar —con el fin de que el alumno supere la etapa— la calificación final extraordinaria de dos asignaturas; para hacerlo, es necesaria una votación colegiada de los miembros de la junta de evaluación y, en última instancia, dos tercios de votos favorables a la modificación de las calificaciones; el voto de cada profesor, así como el argumento que lo respalda, ha de figurar en el acta de la sesión de evaluación, redactada por el tutor del grupo en cuestión. En cuanto al procedimiento de modificación de calificaciones finales igual o superiores al aprobado para ‘compensar’ asignaturas suspendidas, no está recogido, como es lógico, en la normativa. Téngase en cuenta que aplicar este protocolo ilegal perjudica, aunque no lo parezca, al alumno; lo hace, en primer lugar, porque le baja la calificación media (si el alumno aprobara por su cuenta las asignaturas suspendidas en el examen extraordinario o mediante votación en la sesión de evaluación extraordinaria, su calificación media aumentaría, con lo cual tendría más posibilidades de acceder a los estudios universitarios deseados); y, en segundo lugar, porque, como ahora las asignaturas que más computan dependen de la carrera universitaria a la que se opta (verbigracia: las asignaturas de lengua son las que más computan para acceder a la carrera de periodismo), al modificar a la baja de forma arbitraria calificaciones aprobadas para compensar las insuficientes, se podría estar afectando a calificaciones clave para el acceso a las carreras universitarias elegidas por los alumnos.

 

Aclarados los aspectos normativos del conflicto, continuemos con el relato: en la última sesión de la evaluación final ordinaria estaba presente el señor director. Cuando comenzó a aplicarse el protocolo ilegal y yo manifesté de nuevo mi desacuerdo, el director me dijo: “Si no te gusta puedes coger la puerta e irte”, a lo que yo le contesté que debía dimitir porque promovía y amparaba todo tipo de negligencias; acto seguido, lo insté a que me entregara lo antes posible una copia del acta de evaluación; y él me contestó que el acta de evaluación la podía redactar yo mismo (la ha de redactar el tutor y cualquier miembro de la junta de evaluación tiene derecho a acceder a una copia).

 

Al día siguiente le entregué a la jefa de estudios un documento en el que solicitaba formalmente una copia de las actas de evaluación correspondientes a las sesiones en las que se habían producido las irregularidades. Transcurrieron los días y, como era de esperar, no recibí los documentos solicitados (una negligencia más). Dada la intolerable situación, no me quedó más remedio que encaminar mis pasos hacia el departamento de Inspección educativa.

 

Allí me atendió un inspector de guardia. Una vez que le expuse el conflicto con todo lujo de detalles, el inspector me informó de que, en efecto, el protocolo de evaluación aplicado transgredía la norma y que, por tanto, resultaba conveniente revisar todos los criterios de evaluación del centro. “Por lo visto, se trata de una forma de evaluación arraigada al instituto desde hace tiempo y hasta ahora no había salido a la luz”, me dijo el inspector poco antes de que nos despidiéramos; añadió que le enviaría un email al inspector de nuestro centro y que éste se pondría en contacto conmigo para profundizar en el conflicto.

 

Durante las tres semanas siguientes no recibí, como esperaba, la llamada del inspector de nuestro instituto, al que todavía no había tenido el placer de conocer.

 

Unos días antes de que finalizara el curso, el director me invitó a comparecer en su despacho. Allí me encontré, además de al susodicho, a la jefa de estudios y, por fin, al inspector del instituto Poeta Maragall, que me tendió la mano amablemente mientras sus acompañantes sonreían. Aquella fue una reunión larga y embarullada, así que intentaré sintetizar su contenido:

 

Suponía yo que conversaríamos sobre el protocolo de evaluación ilegal. Pero estaba equivocado. En su lugar, el inspector comenzó a amenazarme profiriendo admoniciones vagas e imprecisas. Yo, con absoluta tranquilidad, le recomendé que matizara, que explicara con precisión las razones por las que me estaba amenazando. “Yo matizaré cuando quiera”, me contestó. “Pues si no matiza y sigue por este camino nos veremos en los tribunales”, contraataqué. A mis contertulios se les borró la sonrisa de la cara. Tuve que insistir bastante para que el inspector me descubriera mi delito, aquel que era la causa de sus amenazas: por lo visto, yo le había dicho a mis alumnos de bachillerato que la dinámica del instituto no era la más adecuada; y es cierto que se lo había dicho, con lo cual incurrí en una obviedad que no escandalizó lo más mínimo a mis alumnos. A continuación el inspector me dijo que estaba terminantemente prohibido proporcionarle a los alumnos información que dañara la imagen del centro. Yo le contesté que, como soy una persona libre e independiente, iría aún más lejos y publicaría un artículo sobre este turbio asunto. “¿Acaso me lo va a prohibir?”. Silencio del inspector. Rostros preocupados de sus acompañantes.

 

Cuando el inspector salió de su trance, cambió de tercio y se dedicó a desacreditar mi trabajo docente, amparándose en la información distorsionada que le había proporcionado la jefa de estudios. Fue muy divertido comprobar cómo los endebles argumentos de mis contertulios se iban viniendo abajo y cómo aquellas tres personas, que trabajaban de forma coordinada, eran incapaces de traspasar mi muro dialéctico. Al final, le propuse al inspector que analizara todos mis materiales didácticos (programaciones, criterios de evaluación, exámenes, etc.). “No es necesario. Si usted dice que está todo bien yo le creo”, me contestó el inspector.

 

Seguidamente, el director le dijo al inspector que yo era una persona violenta, agresiva, con aires de superioridad. Entonces le relaté detalladamente al inspector el episodio en el que el director me injurió en público. Tras el relato, el director intentó zanjar la reunión del siguiente modo: “Mira, sal ahora mismo de mi despacho porque voy a llamar a la policía” (¿han escuchado alguna vez algo más ridículo?). La reunión continuó y el director no abrió más la boca.

 

Finalmente, tratamos el tema del protocolo de evaluación ilegal. Fue breve.

 

Conclusiones del inspector: respecto a las injurias del director: “No pasa nada. Los profesores a veces se pelean. Es normal”. En cuanto a la aplicación de un protocolo de evaluación ilegal: “Nosotros no somos burócratas sino pedagogos. Así que, por una cuestión de estética pedagógica, en este caso nos podemos saltar la normativa”. En definitiva, “lo dejamos aquí”.

 

Mis conclusiones: si yo hubiera injuriado en público al director, el inspector me habría incoado un expediente disciplinario y, consecuentemente, como soy interino, me habrían expulsado de la bolsa de trabajo. Si yo hubiera infringido la normativa en el ejercicio de la docencia habría ocurrido lo mismo. Algunos miembros de las juntas directivas de los institutos públicos que injurian a otros profesores o fomentan el incumplimiento de la normativa vigente quedan impunes. Algunos inspectores de la educación pública encubren graves negligencias que se producen en los institutos públicos.

 

Bibliografía jurídica:

 

Código penal

 

De la injuria:

 

Artículo 208.

 

Es injuria la acción o expresión que lesionan la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación.

 

Solamente serán constitutivas de delito las injurias que, por su naturaleza, efectos y circunstancias, sean tenidas en el concepto público por graves.

 

Las injurias que consistan en la imputación de hechos no se considerarán graves, salvo cuando se hayan llevado a cabo con conocimiento de su falsedad o temerario desprecio hacia la verdad.

 

Artículo 209.

 

Las injurias graves hechas con publicidad se castigarán con la pena de multa de seis a catorce meses y, en otro caso, con la de tres a siete meses.

 

Artículo 210.

 

El acusado de injuria quedará exento de responsabilidad probando la verdad de las imputaciones cuando éstas se dirijan contra funcionarios públicos sobre hechos concernientes al ejercicio de sus cargos o referidos a la comisión de faltas penales o de infracciones administrativas.

 

Del encubrimiento:

 

Artículo 451.

 

Será castigado con la pena de prisión de seis meses a tres años el que, con conocimiento de la comisión de un delito y sin haber intervenido en el mismo como autor o cómplice, interviniere con posterioridad a su ejecución, de alguno de los modos siguientes:

 

1. Auxiliando a los autores o cómplices para que se beneficien del provecho, producto o precio del delito, sin ánimo de lucro propio.

2. Ocultando, alterando o inutilizando el cuerpo, los efectos o los instrumentos de un delito, para impedir su descubrimiento.

3. Ayudando a los presuntos responsables de un delito a eludir la investigación de la autoridad o de sus agentes, o a sustraerse a su busca o captura, siempre que concurra alguna de las circunstancias siguientes:

 

a) Que el hecho encubierto sea constitutivo de traición, homicidio del Rey, de cualquiera de sus ascendientes o descendientes, de la Reina consorte o del consorte de la Reina, del Regente o de algún miembro de la Regencia, o del Príncipe heredero de la Corona, genocidio, delito de lesa humanidad, delito contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado, rebelión, terrorismo, homicidio, piratería, trata de seres humanos o tráfico ilegal de órganos.

 

b) Que el favorecedor haya obrado con abuso de funciones públicas. En este caso se impondrá, además de la pena de privación de libertad, la de inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de dos a cuatro años si el delito encubierto fuere menos grave, y la de inhabilitación absoluta por tiempo de seis a doce años si aquél fuera grave.

 

 

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Comentarios: 8
  • #1

    Rosalie (martes, 10 septiembre 2013 19:45)

    Soy pedagoga y si hubiera leído esto antes este post quizá hubiera matriculda a mi hermana menor en otro centro. Gracias por avisar, estaremos al tanto de las notas que nos llegue. Saludos

  • #2

    Juan Serrano Cazorla (martes, 10 septiembre 2013 21:26)

    Hola, Rosalie:

    Gracias por visitar mi web y por dejar su comentario.

    Respecto al IES Poeta Maragall, tenga en cuenta que es posible que las condiciones que describo en mi artículo hayan cambiado. Eso espero. De todos modos, permanezca alerta.

    La invito a leer un fragmento de alguna de mis novelas.

    Saludos.

  • #3

    ... (miércoles, 18 septiembre 2013 12:12)

    Si hubiera leído antes este articulo, no me hubiera ,matriculado otra vez en este centro! y si soy consciente de que usted nos había explicado como funcionaba las calificaciones! ya me extrañaba a mi de que porque el año pasaba no estaba dando clase de lengua castellana! para mi era un buen profesor y su método de enseñanza me hacia entender lo que me costaba! lo siento mucho por lo ocurrido! por cierto era una de sus alumnas en la cual usted daba clase en bachillerato!
    mucha suerte

  • #4

    Juan Serrano Cazorla (miércoles, 18 septiembre 2013 18:45)

    Estimada ex alumna:

    Gracias por tu comentario y por tu apoyo.

    Aunque prefieras mantener el anonimato en este espacio público, recuerda que puedes escribirme mediante la sección 'contacto'.

    Como os expliqué en clase, los profesores manipularon las notas, con el consentimiento del director. De poco sirvió denunciarlo en el departamento de inspección del Consorcio de Educación de Barcelona.

    No regresé al instituto porque ya estaba previsto desde el principio que mi trabajo terminara en junio, de lo cual me alegré enormemente cuando comenzó el verano.

    No os podéis ni imaginar lo que ocurre entre bastidores en los institutos públicos. Podredumbre. Ninguno se salva.

    Yo estoy bien. Batallando. Es lo mío.

    Tu expresión escrita aún debe mejorar bastante. Leyendo. Escribiendo a menudo (lo de Facebook y el WatsApp no cuenta).

    Saludos.

  • #5

    Muy indignado (martes, 01 octubre 2013 23:06)

    Hola Juan,
    Se que esta noticia es de hace tiempo, pero quiero mostrarte todo mi apoyo, y decirte que esto no tendría que estar permitido en ningun instituto ni escuela. Las notas son las que son y las que te has ganado. Encuentro vergonzoso toda la junta directiva de este centro, y ellos son los que debería de trabajar donde trabajan. Suerte que había un profesor que dejaba las cosas claras como tú. Esto pasa en todos los institutos públicos que has estado? Eso demuestra el sistema mediocre educativo en el que vivimos.

  • #6

    Juan Serrano Cazorla (miércoles, 02 octubre 2013 22:14)

    Gracias por su apoyo, señor Indignado.

    Sí, estos hechos vergonzosos ocurren en la mayoría de institutos públicos. En el que estoy ahora, por ejemplo, ya infringieron la normativa en la evaluación extraordinaria de septiembre. Yo protesté. Y, desde entonces, la directora, una señora muy maja, me quiere mucho, muchísimo.

    Es que vivimos en España.

    Saludos.

  • #7

    Por curiosidad (lunes, 04 mayo 2015 23:21)

    Hola,
    Me parece no vergonzoso,lo siguiente.Alguien podría darme alguna referencia actual sobre el Instituto.Muchisimas gracias.

  • #8

    JSC (domingo, 18 octubre 2015 12:56)

    Señor o señora Anónimo Informador:

    El comentario que dejó grabado en este blog el sábado 17 de octubre de 2015, a la espera de que fuese aprobado por el moderador, no se puede hacer público por la naturaleza de su contenido. Le recomiendo que denuncie la situación que describe en él, dada su gravedad, a la Inspección educativa del Consorcio de Educación de Barcelona. Es muy importante que lo haga, aunque sea de forma anónima.

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