Cinismo dictatorial en plena democracia

 

 

Recientemente, mis alumnos de la ESO y yo leímos en clase un fragmento adaptado de la película El gran dictador, de Charles Chaplin. El texto, que figuraba en el manual de la asignatura de lengua y literatura castellanas, nos vino muy bien para reflexionar sobre estos tiempos convulsos que estamos viviendo.

 

Mientras mis alumnos escuchaban en las voces de algunos de sus compañeros la vehemente arenga que percutía desde sus libros y descubrían qué entendemos los hombres civilizados por soberanía popular, sufragio universal, democracia, tolerancia —ya saben, todo eso—, se fue adueñando de mí, sin darme cuenta, ese cinismo insultante que ya había presenciado en las pupilas y en las serpenteantes lenguas de nuestros ilustres gobernantes. Por eso terminé asegurándoles a mis alumnos —que cuando me pongo serio piensan que soy la persona más sabia del mundo o, como mínimo, de nuestro instituto— que en los sistemas democráticos avanzados los comportamientos dictatoriales ya han sido erradicados.

 

Ya ven las falacias que suelta uno cuando se calza el traje de profesor. Y eso que apenas habían transcurrido veinticuatro horas desde que escuchara a los señores ecuánimes y tolerantes defender desde sus púlpitos, con indescriptible soberbia y arrogancia, esa lavativa a la que llaman Reforma Laboral, algunos de cuyos artículos vulneran derechos fundamentales de los ciudadanos y fomentan la discriminación. Pero, ya saben, todo lo malo se pega, incluido el cinismo.

 

Y, continuando con lo del Gran Supositorio Estriado, ¿se han fijado en lo maravilloso que es el apartado del programa electoral del PP que versa sobre la regeneración del empleo en España? Parece un cuento de hadas. Consúltenlo, por favor: programa electoral del PP (elecciones de 2011)

 

¿Ya han terminado la edificante y esperanzadora lectura? Qué buena gente, ¿verdad?

 

En fin (este párrafo va dedicado a mis alumnos de Bachillerato, que aún tienen dificultades para identificar la tesis de un texto argumentativo), aquí les dejo la tesis de este texto inductivo: en todos los países democráticos debería existir una ley que impidiese al Gobierno implantar una reforma cuyo contenido no apareciese desarrollado, con todo lujo de detalles, en su programa electoral. Así nos ahorraríamos el pestilente cinismo, incluido el de un servidor cuando habla desde una tarima tiznada.

 

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